martes, 24 de mayo de 2016

Que vida tan dura!

El reciente concierto de Bruce Springsteen y las críticas que ha merecido en algún medio de comunicación, no todos, afortunadamente, permite reflexionar sobre la dureza de la profesión de crítico sea de la materia que sea.
De entrada, es imprescindible que te guste algo cuando todavía no le guste a nadie y, simétricamente, que deje de gustarte en cuanto empiece a gustarle a un número indeterminado de personas, tanto menor cuanto más reputado seas o quieras ser. Ello supone un gran y meritorio esfuerzo puesto que debes abominar de lo que ya empezaba a molarte, pero hay que estar atento y dispuesto al sacrificio ya que cualquier descuido puede echar una mácula quizas irreversible en la anhelada reputación.
Asimismo, exige una importante labor de documentación e investigación a fin de detectar, en nuestro caso, músicos, grupos, productores,.... antes de que un inoportuno éxito, por moderado que sea, impida dedicarle el correspondiente comentario, arruinando los esfuerzos realizados. Hay que destacar que un crítico solvente puede incluso abominar de grupos que todavía no conoce nadie aunque es más apreciado que ya tengan un cierto renombre.
Debe además luchar contra una contradicción posiblemente irresoluble como es la de apoyar a alguien en sus primerizos intentos y, cuando en contados casos, comienza a rendir fruto tu labor de proselitismo pionero, debes demostrar que, en realidad no valen gran cosa o se han vendido a algo o a alguien, de tal manera que cuanto más éxito hayas conseguido en la promoción, más acerba debe ser la crítica.
Esto, que es duro a pequeña escala, alcanza dimensiones dramáticas tanto más agudas cuanto mayor es el triunfo del objeto de la disección a realizar.
Pongamos el caso mencionado de The Boss.


En nuestro país era, en tiempos, más fácil ejercer la noble actividad de abrir los ojos al resto de la sociedad, ya que los discos llegaban tardíamente y daba tiempo, si hacias los deberes, a ejercer de profeta en tierra todavía no ocupada. Digamos, al paso, que esto se ha complicado en gran manera, ya que prácticamente cualquier indocumentado puede estar razonablemente al día, a poco que se dedique.
Es decir, se pudo hablar durante un tiempo, más o menos hasta que Bruce grabó su The River, este incluido, de lo grande y demás que era.  La cosa ya se había complicado puesto que en el disco mencionado se incluyen al menos un par de canciones de notable impacto popular.
Pero a partir de ahí la cosa degenera rápidamente y son legión, incluso en estos lares, los que se van incorporando como auténticos fans del Boss.
El colmo se alcanza cuando en las giras, cada vez más amplias, se decide a actuar en grandes espacios a fin de maximizar la audiencia, como decía un grupo de los 90, en lugar de hacerlo en sitios más pequeños e impedir que cualquier mindundi, si tiene la pasta y el interés suficientes, pueda asistir.
Por supuesto, como en el concierto que mencionamos, lo primero es lamentar la nefasta acústica del estadio en nuestro caso, aunque es sabido que en los grandes espacios no hay manera de que suene igual de bien en todas las zonas.
Para más inri, la gente disfrutaba como loca, cantaba la gran mayoría de las canciones y solo unas pocas, muy pocas para un crítico como debe ser, pertenecían a la categoría de temas menos exitosos.
Obviamente, el crítico exigente, perdón por la redundancia, comprendía que cuando alguien mencionaba que había sido el mejor concierto de su vida,  lo que en realidad sucedía es que solo había asistido a tres o cuatro conciertos anteriormente y, claro, así cualquiera.
Es digno de admirar como nuestro héroe resiste la tentación, a la que sucumbe el resto del personal que, con gran suerte, consiguió entradas para el evento, de disfrutar, cantar, bailar, emocionarse,... Apreciemos, pues, su esfuerzo, digno de nuestro mayor respeto y admiración.

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